Leyenda narrativa, leyenda viva

Vikings

La indeleble huella de la historia siempre está ahí. Por mucho que se intente borrar o modificar lo ocurrido tiempo atrás, en el poso de los relatos queda presente el hecho real. Las leyendas han contribuido con fuerza a prolongar que ciertos relatos, por muy difusos que sean, guarden un espacio fijo en las memorias colectivas, siendo imposible obviar aquello que se ha ganado el calificativo de mítico.

En ésas anda Ragnar Lothbrok, rey legendario de Dinamarca y Suecia que vivió y reinó en el siglo IX. Sus andaduras esbozan su heroicidad local, fiereza en la batalla y un afán constante por explorar lo ignoto. Sin embargo, precisamente sólo es un simple esbozo. No hay apenas biografías, cronologías históricas o fuentes documentales que corroboren la certeza de sus logros; ni siquiera las fechas y territorios exactos en los que ejerció como mandamás.

A pesar de todos estos grandes contratiempos empíricos, su paso por la historia no se ha borrado. Precisamente han sido esas leyendas nórdicas que le han colocado como descendiente del dios Odín las que permiten engrandecer su figura y moldearla para ofrecer un atractivo personaje en la narrativa. Ojo avizor, la industria norteamericana cazó al bueno de Ragnar y lo llevó hasta un estadio lo suficientemente perfecto como para incrustarse dentro de un guión.

Vikings ofrece ese punto didáctico e ilustrativo necesario para una serie de History Channel; repasos por las deidades de los territorios nórdicos, costumbres en lo cotidiano y el respeto por la muerte. El más allá, de tan cercano que se ofrece, parece estar mucho más cerca.

Teniendo todos estos ingredientes ya echados en la mochila, no se debe ni puede caer en el error de ver Vikings con el ojo clínico de la historiografía. Eso sí que es un mito, pero de los que debe desaparecer debido a su falsedad. La narrativa audiovisual, cuando se admite su ficcionalidad, jamás tiene que atarse a estructuras puras del rigor histórico; son cosas diametralmente opuestas, sólo que, a veces, mantienen una relación simbiótica para automejorarse. Nada más lejos.

Vikings

El matiz de la advertencia se convierte casi en una necesidad para el espectador que decide ver Vikings sabiendo que pertenece a History Channel y que el personaje principal sí existió. Una vez se supera este escollo, sólo queda de nuevo la leyenda enaltecida, cual principio al que recurrir para hiperbolizar y reavivar un mito, esta vez audiovisual.

La violencia hace su incursión episódicamente, aunque no es nada desmedido ni acusable. Se hace una parte esencial para entender ciertos ritos de la religión practicada por los vikingos, así como para recrear con una mayor fidelidad el transcurso de las batallas. Incluso, a veces se peca de cuidar la sobrevalorada sensibilidad de un espectador que ya debiera estar habituado a presenciar ese tipo de escenas visuales.

La previsibilidad se hace en ocasiones el peor enemigo de Vikings. Debido a la personalidad que demuestra la caracterización de Ragnar, el discurrir de los acontecimientos en torno a su figura parece verse venir; sería imposible entender que un personaje tan ambicioso pueda conformarse con el status que regenta sin que vaya a conseguir subir escalones sociales. Tan imposible es que, desde el comienzo de la trama, cada minuto que pasa, Ragnar acumula más responsabilidad dramática en el iris de sus ojos.

Sin entrar en su carácter antagónico, que lo tiene, y en sus malas formas de conseguir las cosas, que también las tiene, Ragnar tendrá que superar innumerables dificultades para avanzar. Tanto es así que los personajes destinados a plantarle cara para evitar sus logros simplemente darán la impresión de ser una barrera más que se ha encontrado en el camino, y que superará cuando se comience el siguiente capítulo.

Dicho así, Vikings parece ser una serie del montón. Con toque pedagógico, pero del montón. Y así será para todo aquel que siga viéndola como un ejercicio que debe estar encuadrado dentro de la verdad histórica. Para el que no lo haga, Vikings será toda una anomalía por agradecer. Cuando se haya suprimido esas pretensiones injustas, volverá a surgir la leyenda. Ésa que tanto se evita desde los defensores de lo fidedigno y que es absolutamente básica para disfrutar sin complejos de cualquier relato, por mucho o poco rigor histórico tenga.

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