El superlativo épico

Spartacus

El reduccionismo puro implica gran cantidad de problemas al hablar de los componentes esenciales de un relato audiovisual. Eso es precisamente el sustrato del que se valen las tramas maestras enunciadas por Ronald Tobías. Sin embargo, hay ocasiones en las que la puesta en marcha de esta fórmula no pretenciosamente exacta también se convierte en algo complicado. Y eso es lo que ocurre con rotundidad en Spartacus.

La retrospectiva criticista ofrece la violencia y el sexo como huellas indelebles e identificables de la serie, al igual que podrían serlo los pilares del ludus donde el propio personaje histórico que sirve de muestra para la ficción luchó durante años. Razón y argumentos no podrían faltar para excusarse en esos dos términos como muecas que hacen dudar sobre su seguimiento en el visionado, pero ahí es donde justamente el reduccionismo yerra de lleno.

Spartacus va mucho más allá. No se trata sólo de una serie de acción y grandes efectos visuales y digitales que envuelven al espectador en un ambiente de batalla. Debido a esa venda que nubla los primerizos ojos que se enfrentan a ello, no siempre se puede palpar la atmósfera emocional que va dejando regusto a regusto la trama, hasta desembocar en un final que se podría calificar de irrepetible.

El clasicismo del héroe benévolo por naturaleza quedó atrás hace mucho tiempo. El surgimiento progresivo de un protagonista de indudable trazo heroico, a la par que de características que se salen de lo que sería éticamente correcto, es una absoluta realidad. Incluso para personajes que representan ese clasicismo, las visiones actuales del héroe modifican su conformación. Spartacus, movido por el afán de justicia debido a la esclavitud que se impone desde el Imperio Romano y por la venganza por la muerte de su esposa, tendrá que hacer gala de comportamientos indignos y derramamientos de sangre para poder lograr su objetivo. Siempre sin perder de vista que es un Mesías.

Spartacus

La constitución de la serie, pasando por los desgraciados hechos que envolvieron el fallecimiento del actor que encarnaba previamente a Spartacus y que derivaron en una precuela, ha sufrido una evolución constante. El logro de un status ascendente a medida que se avanza en los capítulos es algo que muchas veces parece convertirse en el anhelo prohibido del guionista, algo hartamente complejo. En el caso que nos concierne, este deseado empeño se logra. Cada capítulo, incluso yendo enlazados por temática, supone una afrenta digna de ser considerada como un relato fílmico. El despegue del avión dramático incita a continuar aumentando los pies de altura para realizar el vuelo de 45 minutos en el que hasta el más incrédulo debería palidecer. Lo épico alcanza en Spartacus su máxima potencia para evocar un sentimentalismo bélico propio de la carga mítica que impera en los relatos de las antiguas civilizaciones.

La expresión del héroe, como si poseyera mil caras en una sola, indica la dificultad de cada lucha en la que tiene que verse envuelto si quiere lograr su sueño y salvar a la comunidad en peligro. Esa labor mesiánica se apoya en el dualismo que se implanta desde las subtramas entre personajes, haciendo ver dónde está el enemigo y cuán cruento es éste.

La tercera de las temporadas es una oda homérica por sí misma. Encontrar algún otro producto audiovisual que permita levantar la piel del guerrero para sumergirse en ella de manera tan subjetivamente real es un descrédito. La argucia de la historia, también cargada por su conocimiento de la historia y de los hechos que acabarían sucediendo, no puede residir en ser la panacea de los argumentos. Ni se le pide eso, ni jamás debería ni fue eso. De haber forzado ese aspecto, el desastre se habría apoderado de un relato que ha de ser mirado como único, diferente y, de momento, irrepetible. Spartacus ha aportado mucho más al género épico de lo que se piensa. Hablar de su surgimiento como una génesis de cómo deberían comportarse los relatos de acción puede ser arriesgado. Lo que ya no lo es tanto es si se deja caer sobre el tapete que, con esta serie, se ha establecido un verdadero y sonoro punto de inflexión a la hora de poner en marcha en el audiovisual las leyendas y mitos que han envuelto la historia y la tradición clásica y moderna. Irrefutable.

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