Cuando lo real sí supera a lo virtual

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La vanidosa madrastra de Blancanieves ya lo preveía. Siempre le preguntó a su espejo quién era la más bella del reino, y el reflejo viviente siempre le respondía que era ella. Lo hacía bajo un poderoso encantamiento que no le dejaba opción para decir otra cosa, y ni mucho menos tenía el poder de decir la verdad. De haberlo podido hacer, las palabras que habría pronunciado habrían señalado que la más bella no era otra que la propia Blancanieves.

Qué deseable es siempre mostrar lo que hay en la realidad sin tapujos que condicionen la respuesta, aunque ello no sea siempre lo que más apetezca escuchar. Black Mirror coge su punzón y ahonda hábilmente en eso. No filtros, no reparos y no sensibilidades. Si lo que el espejo tiene que enseñar es algo fachoso y grotesco, enseñémoslo así.

El condicionamiento actual del ser humano con respecto a la tecnología es una verdad de Perogrullo. Nada por descubrir. Lo complicado del asunto viene cuando se nos golpea con la verdad mostrándonos el tiránico control que posee el progresivo uso del software cotidiano. La comunicación, los hábitos y hasta las formas de sentir empiezan a verse manchadas por este líquido de difícil limpieza. Tanto tiempo anhelando, luchando por no cubrirse de las imposiciones dictatoriales y ahora la especie ha vuelto a caer en ello. Y no tiene nada de irónico que sea así.

Black Mirror

Con capítulos independientes entre sí y autoconclusivos, ofreciendo historias distintas que tienen como común denominador la opresión tecnológica sobre la sociedad, Black Mirror roza lo teatral constantemente. Una puesta en escena arriesgada, con notables efectos y complejidades estéticas, sirve como modo de impacto sobre el espectador. Se le capta rápido, y después ya viene la cascada de críticas sobre las consecuencias de la tecnología en nuestras vidas.

Si se busca salir del simplismo de ver una serie por mero entretenimiento, ésta debe ser una de esas citas forzosas. Y lo mejor llega al final. Basta con echar un vistazo a las opiniones que se vierten en los distintos foros públicos sobre las interpretaciones de los capítulos, para darse cuenta de que el propósito del relato se ha conseguido. Se ha invitado a los ojos que han posado su vista sobre la historia a que transmitan un mensaje reflexivo a su capacidad cognoscitiva. Tal es la potencia de lo enviado que siempre va a caber y tener sentido lo que los demás hayan podido entender. No hay lugar para lo fácil, ni ganas de que lo haya.

En la trama, lo virtual ha superado con creces a lo real. Una especie de aviso de lo que puede estar viniendo al mundo tal y como se conoce. El resquicio para lo positivo reside en haber mostrado sin simulaciones el condicionamiento softweriano que tiene la sociedad. Esto es, ni más ni menos, lo que hay delante del retrato. El impacto de ver cómo es la lóbrega realidad supera incluso hasta a lo virtual. He ahí los motivos por los que Black Mirror supone un alegato hacia la esperanza. Quizás ver de frente las cosas, por muy oscuras que sean, sirva para crear una conciencia de cambio sobre ellas. Y es que hasta la malvada y vil reina, a sabiendas de que lo que veía en su espejo no era lo cierto, quiso cambiar con una manzana su infeliz realidad.

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