El elixir de la eterna juventud

Perseguido desde tiempos inmemoriales por los alquimistas, el elixir de la vida eterna siempre ha sido oscuro objeto de deseo en todas las culturas. Diversas leyendas han echado su manto encima de historias que hablaban de la búsqueda de ese preciado bien, pero nunca nadie ha logrado alcanzarlo de verdad. Los cuentos, cuentos son. Y, a pesar de ello, algunas veces parecen tan reales que permiten rozar con la punta de los dedos la fantasía que se esconde tras ellos.

Cuéntame cómo pasó empezó siendo una serie más. Un cuento que quería retratar al espectador moderno cómo fueron los últimos coletazos de la dictadura franquista, sin una pretensión mayor que la de informar y entretener a partes iguales de la manera más imparcial posible. El clímax en la trama prometía ser la muerte del caudillo en 1975, pero visto el éxito resultadista del share, y que a la conformación de la historia aún le quedaba carrete para largo, la dirección de la serie decidió seguir escribiendo páginas en la novela. Y qué regalo.

Ponerse etapas antes de ver hasta dónde puede llegar tu producto es un error. Y más cuando se trata de un relato en el que la historia diegética avanza al igual que lo hace la de la vida real. Baches ha habido, eso es innegable. Pero el hecho de haber mantenido una línea continuista a lo largo de todo este tiempo ha servido para que se dejase madurar un vino que prometía ya desde su embotellado. Un verdadero king format que triunfa donde quiera que se le coloque en la parrilla televisiva.

La intransigente demanda del género televisivo estadounidense por el más cinéfilo, aparte de comprensible, tiene también su parte incoherente. El criterio de sólo querer determinados tipos de series por su procedencia no siempre es válido, y éste es el caso idóneo. Indeseado ese día, pero cuando llegue el momento en el que Cuéntame cómo pasó se acabe, el más pintado y ciego tendrá que admitir que se encontraba ante una serie que podría encuadrarse dentro de este estándar de calidad de la llamada Edad de Oro de la Televisión americana. Sí, americana. Después de ser adaptada en varios países de Europa, el reconocimiento internacional también le ha llegado en otras ocasiones. Y aunque no hubiera un premio oficial, este producto pide a gritos un cambio de nacionalidad que le confiera el status que se merece.

Reducir Cuéntame cómo pasó a una serie de tramas maestras engarzadas supone un trabajo harto complicado, a la par que extenso. Es una red demasiado bien tejida como para descomponerla de un tirón, pero, ahondando de manera práctica sobre su composición, se puede entender la vital importancia de la relación existente entre casi todas las subtramas para crear todo un retrato costumbrista.

Cuéntame como pasó

Los personajes por sí solos, al contrario de otras series televisivas, soportan una carga que no es pesada en exceso. Los contratiempos y los problemas les ahogan, es obvio. Sin embargo, cuando aparecen tales inconvenientes, varios de ellos se ven afectados de golpe, repartiendo la fuerza del golpe que se hayan llevado. Y lograr esto supone haber hilado muy fino durante muchos años y capítulos. Una auténtica bola de nieve que aumenta para muchos y se deshace para otros tantos.

De esa alineada interconexión entre las subtramas subyace la idea de exhibir los usos y costumbres de la sociedad que toque en cada momento. Cual fotografía de exposición, no se puede subestimar el poder que adquiere este elemento en el aspecto final de la serie. Representados un alto porcentaje de los diferentes roles y clichés sociales en los personajes, lo visto en pantalla nos hace poder entender cómo eran muchas de las cosas en otros tiempos, y que ahora pueden parecer incluso de otro planeta. Por faltar, no falta ni la voz en off de Carlos Alcántara al más puro estilo del cuentacuentos.

Son tantos personajes que, repartidos a lo largo de tantísimos capítulos, hacen que el espectador pueda desengancharse en una temporada y volver a engancharse en otra sin tardar más de diez minutos en retomar la causa y entender lo que pasa. La crítica fácil de señalar que se favorece a una u otra ideología política es algo tan burdo que se desmonta en el mismo momento en el que, quien haya alzado la voz, se ponga a ver la serie con ojos analíticos y sin el escepticismo del porque sí. Y lo mismo va para quien se burla de la longevidad de la historia.

La mezcla exacta entre las historias de los protagonistas – y no tan protagonistas – y la expresión visual de los hechos históricos ha moldeado el cóctel perfecto. El elixir de la inmortalidad quizás no es tal y como se haya concebido. Seguramente ni exista. Pero si alguien está logrando perpetuarse en el tiempo como si de verdad hubiese creado tal pócima, ése podría ser Cuéntame cómo pasó. Será cosa de cuentos.

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