De círculos no infinitos. El caso Homeland

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La ficción televisiva, aunque parezca lo contrario, se vale de refinados filtros para elegir sus productos. Muchas ideas, pilotos y hasta temporadas únicas que se ven cortadas por la necesidad de lograr un rendimiento económico sobre el gasto cometido. Nos encontramos en una nueva Edad de Oro de las series en Estados Unidos, y para que tal período se prolongue lo máximo posible, no todo puede valer.

En esa tesitura nació Homeland. Viento fresco vaticinaron algunos visionarios desde el principio, y el tiempo les dio la razón. Una temática revertidamente innovadora que ha puesto patas arriba los esquemas de la industria, de la crítica y, por qué no decirlo, de unos espectadores que se han visto conquistados por una historia embaucadora.

Premios y más premios para una trama que entremezcla el espionaje, lo policíaco y el engaño en su medida justa, sin excesos. Todo para averiguar si el sargento Nicholas Brody (Damian Lewis), después de que regrese a casa ocho años después de su desaparición en Irak, es de verdad un terrorista islámico. Calificar a Homeland como el mejor thriller de la televisión americana no es algo demasiado descabellado, siempre y cuando el cierre de la segunda temporada ponga el punto y final a la serie.

Episode 102

Cuando un arqueólogo, tras eternas horas de trabajo, termina de haber limpiado escrupulosamente con su cepillo los restos de un incalculable descubrimiento, acaba siendo consciente de lo que tiene entre sus manos. Una recompensa de gran valor, tanto para el autor(es) de ese trabajo, como para la `humanidad cultural´, que indirectamente se ve beneficiada de un hallazgo histórico. Algo así ocurre con Homeland.

En términos de guión, se trata ya de un producto perfecto. Su clímax ha llegado, y todo lo que sea prolongar en capítulos en temporadas la serie, va sólo a ser una lucha épica por mantener la intensidad de ese punto culmen. Ya todo encaja, tiene sentido, suena de manera armónica y el objetivo principal y de base de la trama ya se ha mostrado. El arqueólogo, en forma de creativo, ya ha acabado de limar su descubrimiento. Ya conoce su lindeza, y seguir excavando en busca de más, tiene muchas posibilidades de deteriorar lo ya hecho.

Como todo producto, siempre se marca un principio y un fin. Unos trazos que varían según de qué estemos hablando. En el caso de Homeland, comienzo y desenlace se han unido de manera tan semejante que han conformado un círculo, donde las distancias entre cualquier punto son iguales. Seguir añadiendo puntos a esa forma geométrica supondrá un estiramiento que nos recordará, por momentos, a un más desdeñado óvalo.

El círculo creado por esta serie no debería caer en lo infinito, puesto que eso se presta más a los intereses puros, y por otra parte difícilmente evitables, de la producción industrial. Como señalan Jordi Balló y Xavier Pérez, la serialidad tiende a cerrar el círculo de la felicidad. Si Homeland ya ha alcanzado ese status de bienestar, no conviene dejar que se desvirtúe con un segundo más de ficción. Y mucho más incluso. No conviene dejar que ese círculo apoyado en la felicidad pase a ser un círculo infernal, donde llegue un punto en el que la trama muera agónicamente y haya que acabarla como sea. El remedio para ello está a un palmo. Sólo que, esta vez, la espesa venda que tapa los ojos no parece que vaya a permitir que se pueda cogerlo y ponerlo en práctica.

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